El día previo a la explosión que estremeció el barrio de Östberga, en Estocolmo, el chico de 15 años disfrutaba de un concierto en el parque de atracciones Gröna Lund junto a sus amigos. Nadie podía imaginar que menos de un día después ese mismo joven estaría muerto, víctima de la detonación accidental de una bomba artesanal que él mismo manipulaba.
El caso ha conmocionado tanto a quienes lo conocían como a la opinión pública sueca. El adolescente había sido captado y arrastrado hacia el mundo de la criminalidad organizada, un entorno que lo llevó a trabajar con explosivos caseros con consecuencias fatales. Sus amigos, que horas antes habían compartido con él una noche de música y diversión, tuvieron que enfrentarse de golpe a una realidad devastadora.
Este martes se conoce la sentencia judicial en relación con los hechos ocurridos el pasado verano, un proceso que ha puesto de manifiesto la crudeza con la que las redes criminales reclutan a menores en los suburbios de la capital sueca. El caso de Östberga se suma a una serie de episodios violentos que han reabierto el debate sobre la prevención del reclutamiento juvenil en ambientes delictivos y la responsabilidad de quienes inducen a adolescentes a participar en actividades ilegales de alto riesgo.
Fuente original: SVT Nyheter